| Luche por salvar mi vida...¡y lo logré! |
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Leslie Briceño
Soy mujer al igual que vos. Mi nombre es Leslie Briceño, tengo 32 años. Soy periodista. Desde hace nueve años trabajo como comunicadora social para una organización defensora de los derechos humanos. Tengo un hijo de 10 años que me llena de alegría.
Hace un año sentí de repente un fuerte dolor en el vientre. Me fui temprano a mi casa pero no logré dormir porque el dolor era demasiado fuerte, tanto que me obligó a ir al hospital para buscar ayuda. El doctor me dijo que estaba embarazada y que tenía amenaza de aborto. Me mandó una semana de reposo. Todo ese tiempo los dolores continuaron y cada día eran más insoportables.
A la semana siguiente fui de nuevo al hospital. Ahí me informaron que el embrión estaba fuera de la matriz, que es el lugar donde se ubica en un embarazo normal para desarrollarse, convertirse en feto y después en un bebé. Cuando un embrión se ubica fuera de la matriz, los médicos llaman eso “embarazo ectópico”. Me dijeron que el embrión estaba en mi ovario izquierdo pero que no podían operarme. “La ley prohíbe la interrupción del embarazo, debemos esperar que el embrión muera”, me explicó la doctora.
Yo ya sabía que un embrión no puede desarrollarse en un ovario, porque ahí no hay espacio ni condiciones para eso. Un ovario tiene el tamaño de una almendra. Me daba cuenta de que al crecer el embrión, el ovario se iba a reventar y eso me iba a causar complicaciones de salud que me podían provocar la muerte.
El dolor se volvía cada vez más insoportable a medida que pasaba el tiempo. Pero no podían darme medicamentos para aliviar el sufrimiento, porque los médicos tenían que ir viendo los síntomas que indicaran la muerte del embrión.
En algunos momentos me sentí tan mal que pensé que iba a morir, tenía mucho miedo e incertidumbre. Pensé en mi hijo a quien yo quería proteger. El dolor físico y emocional se mezcló con el enojo de saber que la ley me estaba negando mi derecho a decidir y a solicitar que salvaran mi vida.
Nunca renuncié a mi derecho a vivir
Es terrible saber que podés estar a punto de morir cuando tenés tantos planes y sueños por cumplir. Me puse a orar y le decía a Dios que quería vivir: por mí, por mi hijo, por mi familia. Y mientras oraba me vinieron a la memoria las palabras de las autoridades de la Iglesia, quienes dicen que debo renunciar a mi derecho a la vida porque el aborto terapéutico es un pecado. Y si no estamos de acuerdo con lo que ellos enseñan, nos llaman asesinas.
Al vivir en carne propia esa situación, me di cuenta de lo errados que son esos mensajes y lo injusta que es la ley. Yo no me sentía culpable porque no había hecho nada incorrecto contra nadie. Mi vida estaba en peligro y quería que me protegieran. Tenía derecho a exigirlo como ciudadana, como mujer. No podía aceptar que Dios quisiera esa tortura física y emocional para mí, su hija amada. Yo sé que Él escuchó mi petición y me concedió fuerzas para reconocer mis poderes y luchar por mis derechos. Un poder que me quitaba la vida
El Estado a través de una ley me prohíbe decidir si quiero interrumpir un embarazo, aun cuando el embrión de todos modos no iba a desarrollarse en mi ovario. Sentí que con esa prohibición me condenaba a muerte, al arrebatarme mi derecho a tomar decisiones que me permitieran proteger mi cuerpo, mi salud y mi vida.
Esto es abuso de poder por parte del Estado porque impone su voluntad y no escucha las demandas de que la interrupción del embarazo para salvar vidas vuelva a ser legal.
Luché por mis derechos
Yo enfrenté con mis poderes a ese poder que me negaba el derecho a vivir. Agarré fuerzas de mis poderes internos: conocimiento, seguridad, conciencia de mis derechos, capacidad de expresarme y de exigir una respuesta correcta para mejorar mi estado de salud.
Por eso le demandé al doctor que ordenara exámenes médicos más seguidos para que así estuvieran pendientes de las posibles complicaciones. Pero no me conformé con eso. Le exigí la interrupción de ese embarazo ectópico. Si fuera un embarazo normal lo hubiera llevado a su término, pero mi vida estaba en peligro y tenía derecho a exigir que no me dejaran morir.
La médica que entró de turno por la noche tomó conciencia de que yo estaba grave. Estaba temblando, pero no de frío. Tenía mareos y el dolor me bajaba desde el vientre hasta la pierna izquierda. Estaba en la etapa más fuerte de la tortura física que sufrí. La doctora me metió a la sala de operaciones. Yo no estaría contando mi historia si ella al final no hubiese tomado la decisión de salvar mi vida.
Las contradicciones del Minsa
El Ministerio de Salud, Minsa, es responsable de velar por mi bienestar pero ha hecho todo lo contrario al prohibir el aborto bajo cualquier circunstancia. En mi caso, el embrión nunca iba a desarrollarse, se iba a morir de todos modos. No era necesario someterme a tanta tortura y exponerme al peligro de morir desangrada si el ovario se reventaba. Hay muchas contradicciones entre lo que dicen las leyes de nuestro país y los compromisos internacionales asumidos por el Estado para velar por los derechos de las mujeres.
Por ejemplo, una de las normativas del Minsa explica que casi la mayoría de las muertes de mujeres antes, durante y después del parto, pueden evitarse y que se debe hacer todo lo posible para lograrlo.
Sin embargo, yo no tuve acceso a un servicio de salud que reflejara el respeto a los derechos humanos de las mujeres, ni las disposiciones del Minsa. Comprendo que el personal médico que me atendió se guió por lo que dice la ley que prohíbe el aborto terapéutico y estoy clara que el responsable de esa violación de mis derechos es el Estado. Sin embargo, ellas y ellos pueden hacer la diferencia procurando una mejor atención a las pacientes y tomando conciencia de lo importante que es el rol del personal médico en estas situaciones.
Las voces de las mujeres unidas en redes y organizaciones demandando el restablecimiento del aborto terapéutico siempre suenan fuerte. Sus acciones deben continuar. Sabemos muy bien que “derecho que no se defiende es derecho que se pierde”. La experiencia que viví me dejó indignada. Pienso en mi historia y en las de otras mujeres. Según datos de la Organización Mundial de la Salud cada día una mujer en el mundo enfrenta un embarazo ectópico. Yo fui una de ellas. Soy una sobreviviente y me siento con la responsabilidad de contarlo y de demandar que no exista ni una muerta más por esta causa.
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